El tiempo de las raíces
Hay heridas que nacen temprano y acompañan durante años. Sin embargo, algunas vidas descubren que el crecimiento no depende de la rapidez ni de la perfección del comienzo.
Hay personas que crecieron sin el cuidado, la ternura o la seguridad que necesitaban. A veces cargan durante años con la sensación de haber llegado tarde al amor, como si les faltara algo esencial que otros recibieron de forma natural.
Sin embargo, la vida no siempre florece de una sola manera.
Hay crecimientos lentos, raíces que avanzan en silencio y corazones que aprenden a confiar paso a paso. Hay quienes encuentran refugio en una amistad, en una palabra, en una comunidad, en un instante de belleza o en la simple decisión de seguir adelante un día más.
Estos poemas hablan de un viaje lento: desde la búsqueda de refugio hasta el hallazgo de una fuente que siempre estuvo esperando.
Quizá la verdadera sanación no consista en borrar la sed del pasado, sino en descubrir que, aun después de atravesarla, sigue existiendo agua en lo profundo.
Para quien necesite escucharlo hoy: no estás obligado a llegar deprisa. No necesitas convertirte en otra persona para ser digno de amor. Puede que el camino sea lento, pero cada paso cuenta.
Y a veces, sin saber exactamente cuándo ocurrió, aquello que buscábamos fuera comienza a brotar también desde dentro.
Que estas palabras sean un pequeño refugio para quien esté caminando.
Poema 1
El vuelo comienza en la ladera de la montaña, donde la madera crece paciente sobre la tierra, ascendiendo sin prisa hacia las nubes altas.
I. El Descanso en la Roca Firme
El ave de paso detiene su marcha sobre la roca franca,
allí donde el árbol joven bebe del viento blanco.
No hay prisa en el plumaje que comparte el alimento;
los hermanos se sientan en círculo sobre el musgo
y celebran la quietud del pan, la abundancia del nido,
mientras el gran valle despliega su silencio verde.
El viaje es largo,
pero el centro ya está pleno.
II. Las Plumas en el Vacío Celeste
Más allá de las cumbres, el vuelo alcanza el linde sagrado,
las plumas se tornan nubes, geometría del viento puro.
Ya no hay peso en las alas que tocan el techo del cielo;
la danza sagrada dibuja estelas de seda invisible
que los hombres miran desde abajo como un presagio heráldico.
Es el desapego supremo,
la gracia que asciende y olvida el rastro,
convirtiendo el destino en un ala libre de forma.
III. El Retorno a la Fuente Inagotable
El viaje celeste se curva y desciende hacia el origen de la madera,
allí donde la arcilla milenaria custodia el secreto de la sed.
Abajo, en la quietud de la aldea que cambia de nombres y templos,
permanece intacto el brocal de piedra gris y húmeda.
El cántaro baja al abismo sutil sin romper sus paredes de barro
y emerge rebosante, ofreciendo el agua clara del Tao.
Es la linfa cristalina que nutre los campos sin gastar su centro,
un manantial eterno que no se muda,
que sana el alma viva.
Poema 2
El Vínculo Invisible del Vuelo
En la ladera donde el viento no se apresura,
una huella aparece tras otra
como si la tierra misma aprendiera a caminar.
No hay prisa en la raíz que se adentra,
ni en el ave que ensaya el aire
antes de confiarle su cuerpo.
Todo asciende despacio,
como si el tiempo fuera un río espeso
que pide ser escuchado, no cruzado.
En medio del ascenso,
una pausa:
la rama sostiene al que duda,
y el corazón encuentra un ritmo
que no exige llegar.
No es aún la cima,
pero hay cobijo en lo intermedio,
un acuerdo silencioso entre cielo y tierra.
Y más arriba,
cuando el horizonte parece abrirse,
el vuelo ya no es promesa
sino entrega.
El ave se aleja del árbol
sin romper el vínculo invisible:
lleva consigo la forma del nido
aunque ya no regrese.
Sin embargo, lo alto no es final.
Todo lo que se eleva
recuerda, en secreto, su origen.
Entonces, en el centro oculto de las cosas,
donde no hay subida ni descenso,
aparece el brocal antiguo.
Piedra pulida por generaciones de sed,
cuerda que conoce el peso exacto del anhelo,
agua que no cambia
aunque cambien los labios que la buscan.
Quien llega con manos vacías
encuentra más de lo que trajo;
quien llega colmado
aprende a vaciarse sin perderse.
No es el viaje lo que sacia,
ni la altura alcanzada,
sino ese gesto humilde:
bajar el cubo en silencio,
esperar sin forzar la uno profundidad,
y alzar el agua
como si siempre hubiera estado allí,
esperando ser compartida.
Así, lo que creció paso a paso
descansa en lo que nunca se movió.
Y el alma, sin saber cómo,
deja de buscar camino
y se vuelve fuente.
Poema 3
Donde el Camino se Vuelve Hogar
En el umbral donde termina la senda
y comienza el territorio sin nombre,
la tierra respira hondo
como quien reconoce a un viejo amigo.No hay cima ni descenso,
solo un claro abierto por la paciencia
donde el viento deja de empujar
y se limita a acompañar.Allí llega el viajero
con las manos marcadas por la búsqueda,
con el pecho aún tibio
del vuelo que lo sostuvo.No trae respuestas,
pero ya no le pesan las preguntas.Se sienta sobre la piedra antigua,
la misma que vio partir a tantos,
y descubre que el silencio
no es vacío,
sino raíz que escucha.El brocal aparece de nuevo,
no como destino,
sino como espejo.
El agua sube sin esfuerzo,
como si reconociera el pulso
de quien por fin dejó de huir.Bebe despacio.
El sabor es el mismo de siempre,
pero ahora lo entiende:
no era la sed lo que dolía,
sino el miedo a no encontrar la fuente.Y en ese instante,
cuando el corazón baja el ritmo
y la sombra se acomoda a su lado,
comprende que el viaje no termina:
se transforma.Porque lo que buscaba afuera
ha aprendido a brotar dentro,
y lo que parecía un regreso
es, en verdad,
un comienzo.



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