Cuando el pasado pasa a través
Hoy lo he notado de forma silenciosa, en medio de lo cotidiano.
El pasado ha vuelto, pero no como relato ni como imagen. Ha vuelto como sensación, como llega el clima: sin aviso, cambiando la temperatura interna del día.
Y he permanecido un instante sin hacer nada con ello.
El cuerpo lo reconoce antes que la mente. Antes de que aparezca cualquier pensamiento, ya hay una leve modificación en la respiración, una forma distinta de habitar el pecho, una pequeña retirada del estómago hacia sí mismo. Es antiguo ese lenguaje. Más antiguo que las palabras.
Y entonces comprendo que no estoy recordando una historia, sino siendo atravesado por algo que aún vive en forma de sensación.
Me doy cuenta de que la mente quiere ordenar esto demasiado rápido. Quiere decir: “esto es pasado”, “esto ya ocurrió”, “no es ahora”.
Pero el cuerpo no entiende de frases. Solo sabe si algo está ocurriendo o no está ocurriendo, y cuando algo se activa dentro de él, no pregunta por el tiempo.
Lo siente.
He intentado muchas veces empujar estas cosas hacia la claridad. Explicarlas, domesticarlas con pensamiento. Y sin embargo, cuanto más lo intento, más parece moverse dentro de mí como algo que no quiere ser resuelto, sino acompañado.
Hoy no he hecho ese movimiento habitual.
No he entrado del todo en ello. Pero tampoco lo he rechazado.
He quedado en un lugar extraño, casi sin nombre, donde la experiencia puede existir sin que yo tenga que convertirme completamente en ella.
Es una forma de estar que no es nueva, aunque lo parezca. Más bien es algo antiguo, olvidado, como si el ser supiera esto desde siempre y solo ahora lo recordara.
El recuerdo estaba ahí. Pero no lo era todo. Y esa diferencia, tan pequeña, lo cambia todo.
Cuando el recuerdo lo ocupa todo, no hay espacio. Y cuando hay espacio, el recuerdo deja de mandar.
He visto cómo el sistema se calma no por comprensión, sino por presencia. No por explicación, sino por suelo.
Basta a veces con sentir los pies, el aire entrando sin esfuerzo, el sonido del jardín continuando su vida sin atender a mis movimientos internos.
Algo en mí recuerda entonces que esto está ocurriendo ahora.
Y no entonces.
No desaparece lo que viene del pasado. Pero deja de arrastrar el presente consigo.
Se queda ahí, como una forma que pasa, como una sombra que ya no tiene dónde fijarse.
Me pregunto, sin insistir demasiado, si no será esto lo único que siempre he estado aprendiendo: a no ser devorado por lo que aparece dentro de mí. A no huir tampoco.
Solo permanecer lo suficiente para que algo se reorganice solo.
Hay algo profundamente simple en esto. No es técnica. No es idea. Es una manera de no abandonar el lugar desde el que estoy viendo.
Y mientras lo escribo, las cosas siguen igual.
El jardín no cambia. El viento no pide explicación. Nada en el mundo parece necesitar que yo entienda nada.
Y sin embargo, dentro, algo se recoloca sin ruido.
El pasado puede volver. Eso ya lo sé.
Pero hoy lo he visto desde otro lugar.
No como algo que me arrastra, sino como algo que pasa a través cuando no lo sostengo con miedo.
Y entonces comprendo, sin pensarlo demasiado, que quizá vivir no sea otra cosa que esto:
permanecer aquí, mientras todo lo demás aprende a pasar.

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