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Cuando la energía no pide prisa: una reflexión sobre la calma y la presencia


Hoy el mundo no ha estado especialmente silencioso, pero yo sí.




No por decisión, sino por una especie de desaceleración interna que no sabría explicar del todo. Como si algo dentro hubiera perdido interés en reaccionar a todo lo que pasa fuera.

He salido sin intención clara de entender nada. Solo caminar. Y en ese gesto tan simple he notado algo raro: no había urgencia en ninguna parte. Ni en los pasos, ni en los pensamientos, ni siquiera en lo que normalmente llamaría “preocupación”.

Todo parecía un poco más suelto de lo habitual, como si las cosas no estuvieran esperando respuesta inmediata.

En un momento me he detenido sin motivo. No ha sido una pausa importante, ni consciente del todo. Solo un cambio de ritmo. Y ahí me he dado cuenta de que llevo días confundiendo intensidad con dirección.

No son lo mismo.

La intensidad aparece sola. La dirección, en cambio, no.

Me ha venido una imagen absurda: alguien intentando empujar el agua para que fluya más rápido. He sonreído un poco, porque así me he sentido muchas veces, sin admitirlo.

Más tarde he estado en un lugar con gente, pero no del todo dentro. No por distancia emocional, sino porque había algo más interesante ocurriendo en silencio: la posibilidad de no responder a todo.

No responder no como evasión, sino como forma de no deformar lo que todavía no tiene forma.

He escuchado conversaciones sin necesidad de entrar en ellas. Y eso, que antes me habría parecido una especie de ausencia, hoy se sentía más bien como un ajuste fino.

Como si no participar en todo también fuera una manera de participar mejor en algo más profundo, menos visible.

Al volver, he notado el cuerpo distinto. No más ligero. Solo menos dividido.

Y me he dado cuenta de algo que no suelo decirme: no todo impulso es una instrucción. Algunos solo son ruido biológico, movimiento sin intención todavía.

La diferencia es sutil, pero lo cambial todo.

Ahora, ya de noche, no hay conclusión clara. Solo esta sensación rara de que el día no ha querido ser entendido, sino transitado con menos interferencia.

Y quizá eso sea suficiente.

No ordenar la vida.

Solo dejar de interrumpirla tanto.


EPÍLOGO

Inclino mi alma como quien se inclina ante algo que no puede nombrar del todo.

Hay en mí una raíz que no negocia con el viento. No por dureza, sino por fidelidad a una profundidad que no se ve.

Sé del silencio no como ausencia, sino como un lugar donde las cosas empiezan a decirse sin prisa.

Y he aprendido a distinguir la llamada del mundo: a veces no pide respuesta, solo paso. A veces no pide entrega, solo presencia.

No todo en mí está hecho para abrirse en el mismo instante en que es tocado.

Hay gestos que maduran en la sombra, como si necesitaran primero olvidar su propia urgencia.

Me retiro, no como quien huye, sino como quien escucha mejor desde un poco más lejos.

Porque no todo combate merece cuerpo. Y no toda fuerza merece forma inmediata.

Hay días en que la vida no me pide dirección, sino una especie de humildad ante lo que todavía no entiendo.

Entonces me quedo quieto, no para detenerme, sino para no estropear el nacimiento de algo que aún no tiene nombre.

Y en esa quietud, extraña y sin promesa, siento que la fuerza no empuja.

Respira.

Y al respirar, me sostiene sin exigirme nada.

Como si el mundo, por un instante breve, supiera exactamente dónde colocarme sin necesidad de explicarlo

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