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Del fuego que mora en el hombre

Del fuego que mora en el hombre



En lo profundo del ser reposa un fuego antiguo.

No busca llamaradas,

ni gloria de mirada alguna;

su oficio es sostener el mundo desde el silencio.


Aun cuando el frío gobierna los días del hombre,

esa llama no desfallece,

pues su origen no es de esta tierra.

Aprendimos a arder sin ruido,

porque sólo en el callar

la vida revela su rostro secreto.

Allí donde la vista no alcanza,

el alma madura en la sombra,

y el tiempo —viejo guardián de los destinos—

abre sus portales al corazón que ha aprendido a esperar.

No nacimos para disputar lo breve,

ni para alzar fortalezas con las manos de la razón.

Fuimos enviados a velar lo eterno,

mientras la Tierra gira,

como palabra aún no concluida en labios divinos.


Somos tránsito, y no heredad.

Somos búsqueda, y no poder.

Lento se levanta el templo del espíritu,

y sus cimientos se nutren

de la oscuridad hecha fértil por la esperanza.


Anda, pues, ligero sobre el polvo,

porque el fuego que te habita no destruye, 

sino transforma.


No todo lo creado fue hecho para durar,

ni todo lo amado, para permanecer.

Mas en soltar lo querido

aprende el alma el arte de la resurrección.


Quien escucha su fuego interior

no se confunde entre voces del mundo;

y aquel que camina sin herir

ya ha reconciliado su paso con el misterio.


No es huida, sino maduración.

No soledad, sino comunión profunda

con lo que en ti pugna por nacer.


Porque no está perdida la humanidad:

sólo duerme todavía

bajo el amanecer que la llama por su nombre 



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