Donde la luz no hace ruido
Hay una claridad que no irrumpe ni se anuncia, que no busca ser vista y, sin embargo, sostiene. A veces aparece en lo más simple —un gesto cotidiano, un instante sin nombre— y nos recuerda, sin palabras, que no todo en nosotras necesita ser explicado para ser verdadero.
Es curioso cómo a veces una frase, apenas un susurro, se queda resonando durante horas. No interrumpe, no exige atención, pero permanece. Me ha pasado esta mañana, mientras hacía algo tan cotidiano como abrir las ventanas y dejar entrar el aire. No había nada extraordinario en el gesto, y sin embargo había una especie de claridad silenciosa, como si algo se ordenara sin necesidad de esfuerzo.
Quizá lo que más me interesa de esos momentos es que no se pueden provocar. No responden a una disciplina estricta ni a una rutina perfectamente diseñada. Aparecen cuando una baja un poco la guardia. Cuando deja de intentar entenderlo todo.
Vivimos rodeados de explicaciones. Para lo que sentimos, para lo que hacemos, incluso para lo que soñamos ser. Hay una especie de obsesión por nombrarlo todo, por clasificar cada experiencia, como si eso nos diera una sensación de control. Pero hay partes de la vida que se resisten —afortunadamente— a esa lógica.
La sensación de estar en paz, por ejemplo, rara vez llega cuando la buscamos directamente. Más bien aparece cuando dejamos de perseguirla.
Y no hablo de una paz perfecta, inquebrantable, casi irreal. Hablo de algo más sencillo, más humano. Una calma que convive con las dudas, con las listas de tareas, con las conversaciones pendientes. Una calma que no elimina el ruido, pero que lo atraviesa sin romperse.
A veces la confundo con cansancio. Otras, con indiferencia. Pero no es ninguna de las dos cosas. Es más bien una forma distinta de estar presente. Una presencia menos ansiosa, menos pendiente de lo que falta.
Creo que durante mucho tiempo entendí mal la idea de “encontrarse a una misma”. La imaginaba como un punto de llegada, un momento definitivo en el que todo encaja. Pero ahora me parece más bien un gesto que se repite: volver.
Volver a una sensación que ya conocemos, aunque no siempre sepamos cómo nombrarla. Volver a ese lugar interno donde no hace falta demostrar nada. Donde la identidad no pesa tanto.
Porque hay algo agotador en sostener constantemente una versión de nosotras mismas. Una especie de tensión invisible que se acumula cuando intentamos ser coherentes todo el tiempo, cuando sentimos que debemos tener respuestas claras, direcciones firmes, certezas.
Y sin embargo, la vida rara vez se presenta de forma tan ordenada.
Hay días en los que todo parece encajar, y otros en los que nada tiene demasiado sentido. Días en los que avanzamos con seguridad, y otros en los que simplemente atravesamos las horas como podemos. Antes pensaba que eso era un problema que debía corregirse. Ahora empiezo a sospechar que es parte del movimiento natural de estar viva.
Lo que cambia no es tanto lo que ocurre fuera, sino la forma en la que lo habitamos.
Cuando estamos desconectadas de esa luz interior —aunque suene intangible, creo que todas reconocemos de qué hablo— todo pesa más. Las decisiones se vuelven urgentes, los errores parecen definitivos, y cualquier incertidumbre se siente como una amenaza.
En cambio, cuando hay un mínimo de conexión con ese espacio más profundo, no desaparecen los problemas, pero cambia la relación con ellos. Hay más margen. Más aire.
No es que sepamos exactamente qué hacer, pero dejamos de sentir que todo depende de acertar.
Y eso, en sí mismo, ya es un alivio.
Durante años busqué esa sensación en lugares muy distintos: en proyectos, en cambios, en nuevas etapas. Siempre había algo más que parecía prometer una versión más clara, más estable, más “alineada”. Y sin embargo, cada vez que alcanzaba uno de esos puntos, la sensación era temporal.
No porque estuviera haciendo algo mal, sino porque estaba mirando en la dirección equivocada.
Hay una diferencia sutil pero importante entre construir una vida y sostenerse dentro de ella.
Lo primero tiene que ver con decisiones, estructura, objetivos. Es necesario, por supuesto. Pero lo segundo es más silencioso. Tiene que ver con la relación que mantenemos con nosotras mismas mientras todo eso ocurre.
Con cómo nos hablamos en los momentos de duda. Con cuánto espacio nos damos cuando no estamos bien. Con la capacidad de no reaccionar inmediatamente a todo lo que sentimos.
Ahí es donde, creo, aparece esa luz.
No como algo que se enciende, sino como algo que dejamos de tapar.
Porque no solemos perderla; más bien la cubrimos con ruido, con exigencia, con prisa. Nos alejamos de ella cada vez que creemos que deberíamos ser distintas, más rápidas, más seguras, más resolutivas.
Y, sin embargo, hay una parte de nosotras que no cambia al ritmo de todo eso.
Una parte que observa.
Que no se deja arrastrar del todo.
Que permanece incluso cuando sentimos que estamos completamente desordenadas por dentro.
No siempre es fácil acceder a ese lugar. A veces parece lejano, casi inaccesible. Pero basta un instante —uno solo— de verdadera pausa para reconocerlo.
Puede ser en medio de una caminata sin destino claro. En un silencio inesperado. En ese momento breve antes de responder a algo que nos incomoda. No importa tanto la situación como la calidad de la atención.
Es ahí donde algo se recoloca.
No de forma espectacular, ni definitiva. Pero sí lo suficiente como para recordarnos que no todo está en juego todo el tiempo.
Que hay una forma de vivir menos tensa, menos apretada.
Más abierta.
Y quizá eso es lo que más me interesa ahora: esa apertura.
No como un ideal, sino como una práctica discreta. Como una manera de estar un poco más disponible para lo que ocurre, sin necesidad de controlarlo todo ni de entenderlo al instante.
Porque hay una inteligencia en la vida que no siempre coincide con nuestros planes. Y resistirse constantemente a ella cansa.
En cambio, cuando hay un mínimo de confianza —aunque sea frágil, aunque aparezca y desaparezca— todo se vuelve ligeramente más habitable.
No más fácil, pero sí más verdadero.
Escribo esto sin la sensación de haber llegado a ninguna conclusión. Y, curiosamente, eso ya no me inquieta.
Antes necesitaba cerrar las ideas, darles una forma clara, casi definitiva. Ahora me interesa más dejar espacios abiertos. Permitir que algo quede en movimiento.
Quizá porque he entendido que esa luz de la que tanto hablamos no es una respuesta final, sino una compañía.
Algo que no dirige, pero orienta.
Que no resuelve, pero sostiene.
Y que, cuando la reconocemos —aunque sea de forma fugaz— cambia sutilmente la manera en la que atravesamos todo lo demás.
Poema espiritual
La luz que me habita
Bajo el árbol del cielo eterno
En la noche azul, donde el silencio canta,
reposa el ave blanca, firme y serena,
con su mirada sabia, su alma intacta,
como guardiana de la calma plena.
El árbol, viejo sabio de raíces hondas,
abraza el viento con su verde corona,
y sobre él, una estrella que no se esconde
vigila el mundo desde su zona.
No hay prisa aquí, ni miedo, ni tormenta,
solo el pulso lento de la tierra viva,
la paz que envuelve,
la fuerza que sustenta,
y el tiempo que, sin ruido, se desliza
Poema espiritual
El cántaro de lo invisible
Sostiene el cántaro como quien guarda un secreto,
no de palabras, sino de tiempo.
Sus dedos no aprietan, ofrecen.
La arcilla vibra con lo que no se ve.
Dentro, algo espera.
No es agua, ni fuego, ni sombra.
Es la memoria de lo que aún no ha sido,
el susurro de lo que puede cambiar.
El aire a su alrededor se curva,
como si el universo escuchara.
Y sus ojos, verdes como la promesa,
no miran: convocan.
No hay prisa.
La transformación no grita,
se filtra como luz entre hojas,
como el silencio que precede al milagro.


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