En cada gesto tierno vive la eternidad del día.
En cada gesto tierno vive la eternidad del día.
No es el trueno quien salva,
ni la palabra alta
que tiembla y se apaga.
Lo que guarda el alma del mundo
es el gesto menudo:
el pan que se comparte sin ruido,
la mano que levanta al caído,
la mirada que abriga cuando arrecia el frío.
Así se sostiene lo grande:
con migas de amor,
con lluvias pequeñas,
con voces que saben decir “quédate”
sin pronunciarlo siquiera.
Los grandes no lo ven.
Andan tras los relámpagos,
olvidan la llama callada
que en los hogares no muere.
Pero tú y yo sabemos:
en cada gesto tierno
vive la eternidad del día.
Por eso, guárdalos,
como semillas en el regazo.
Porque
cuando el mundo tropiece
o se rompa el cielo,
serán ellos
—los mínimos, los dulces, los fieles—
quienes vuelvan a encender la esperanza.



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