El Río del Alma

 

El Río del Alma





Y una mujer pregunto al Maestro 

“En mi lucha por vencerme, ¿qué hallaré al final del camino?”

Y el Maestro levantó la mirada,

como quien escucha una voz que viene desde antes del tiempo,

y respondió:


Hija de la aurora,

tú no eres la lucha,

sino la luz que la atraviesa.


Cuando desciendas al valle profundo

donde el agua canta su canción de peligro,

no temas a las grietas del mundo

ni al eco de tus propios temores;

pues el abismo no fue creado para destruirte,

sino para revelarte.


El río no pregunta por qué las rocas hieren su curso;

él continúa,

porque sabe que en cada golpe

se vuelve más puro,

y en cada curva

más sabio.


Así también tú,

cuando te enfrentes a las sombras que habitan en tu pecho,

descubrirás que no vinieron para derrotarte,

sino para devolverte a ti mismo.


Y cuando la gente pregunte:

“¿Qué has ganado en esta soledad?”,

tú no les responderás con trofeos ni riquezas,

porque no son esos los bienes del espíritu.


Les mostrarás tu mirada,

que ya no tiembla.

Les mostrarás tu paso,

que ya no vacila.

Les mostrarás tu silencio,

que ya no es vacío,

sino morada.


Pues quien se vence a sí mismo

no conquista tierras ni coronas;

conquista la paz,

que es más alta que toda montaña,

más profunda que todo océano.


Y recuerda esto, alma viajera:


Eres un suspiro que pasa,

sí,

pero en ese suspiro

Dios escondió Su eternidad.

Y cuando tu cuerpo caiga

como una hoja que vuelve a la tierra,

tu esencia se levantará

como un río que recuerda su origen

y regresa al Mar sin Orillas.


Por eso avanza,

no con prisa ni con miedo,

sino con la mansedumbre de quien sabe

que cada paso es sagrado,

y cada respiración una pequeña eternidad.


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