Cuando el alma se irrita
Cuando el alma se irrita
Cuando el alma se irrita,
no es enemiga:
es una semilla que arde por brotar demasiado pronto,
como un brote que quiere romper
la nieve antes de tiempo.
Quiere tocar el cielo
antes de hundir sus raíces en la tierra,
y olvida que el fruto
no llega por deseo,
sino por la lenta paciencia de la madurez.
La irritación es el fuego
del sol oculto
tras las nubes de un amanecer incierto,
el rugido de un río en primavera
que golpea la roca antes de encontrar su cauce.
El alma olvida —como un viajero extraviado—
que no necesita confundirse
con los vientos del mundo.
Cree que debe luchar,
resistir, preocuparse,
como le enseñaron
los hombres que olvidaron escuchar.
Pero la lucha no es su destino.
El alma puede escoger,
puede regresar a su morada silenciosa,
donde la paz
no depende de los días
ni de los nombres.
En ese retorno,
descubre que el ardor
era solo claridad sin cauce,
y que la voz antes aguda
se vuelve brisa entre los pinos.
La verdad no impone;
solo vibra en la quietud del valle.
Y en esa transparencia,
el alma aprende a caminar sin quemar,
a amar sin poseer,
a ser sin exigir reconocimiento.
Porque el corazón que escucha su propio latido
ya no necesita ser calmado:
late en paz,
como un río que finalmente encuentra su lecho,
en armonía con
todo lo que es,
y con todo lo que llegará.



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