Adagio del Viajero (Oda a la espera)

 

Adagio del Viajero (Oda a la espera)



El viajero ha dejado

de interrogar al horizonte.

Ya no le exige respuestas,


porque sabe que el destino

es una brisa que se acerca sin ruido,

como la luna que se desliza

sin prisa sobre el estanque.


Extiende su manto —no sobre la tierra,

sino sobre el instante—

y enciende un fuego que no arde,

sino que susurra.


El pan y el vino no llenan el cuerpo,

sino el alma

que agradece sin palabras.


Cada sorbo es un compás lento,

cada miga,

una nota suspendida en el aire.


La vida no marcha,

baila despacio,

y solo se abre como flor nocturna

ante quien no la apura.


La compañía no tiene rostro,

pero sí presencia:

el viento que acaricia sin tocar,

la tierra que escucha sin hablar,

el tiempo que respira sin reloj.


Así comprende que esperar

no es mirar el reloj,

sino cerrar los ojos.


No es desear,

sino confiar.


Porque quien se entrega al ahora

ya ha comenzado el viaje,

aunque sus pies no se muevan.


Y entonces canta,

sin voz pero con alma:


La llegada no es un lugar,

es un estado.

No está allá,

sino aquí,

en la música callada

de quien sabe esperar.



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